Pivotar

viernes, 3 de junio de 2016|8:19

Alex Honnold tiene apenas 30 años y dedica todo su tiempo a la escalada. Concretamente a la escalada libre: sin cuerdas, sin arnés, sin ningún tipo de sujeción de seguridad más que sus manos, sus pies y el magnesio que lleva en una bolsita para evitar que las manos se humedezcan.
Más que contarlo, creo que nada puede ser más explicito que visualizar el video que acompaña este post. Produce verdadero escalofrío verlo suspendido a cientos de metros de altura, en una pared lisa, sustentado en la punta de los pies y con una sonrisa en los labios.



No pretendo entrar a valorar su atracción por este tipo de actividad, ni a catalogarla, ni a hacer juicios de valor. Solo la traigo aquí porque visualizar su ascensión me movió a cierta reflexión sobre esta tendencia actual que promueve salir lo antes posible al mercado con un esbozo de producto y/o servicio con la finalidad de testar la aprobación (o no) por parte de una posible clientela.
Tengo la sensación de que se está promoviendo de forma masiva metodologías ágiles que pretenden el contraste más rápido posible con el entorno, y en función de éste, la toma de decisiones y posicionamientos. Así, es recurrente escuchar en cursos de formación personas que acreditan haber “pivotado” ya una, dos, tres veces y todas las que sean menester.
Viendo el vídeo de Alex, cualquiera podría pensar que es un loco suicida, que se juega la vida por nada haciendo cosas que están al alcance de muy pocos. Pero ¿qué hay detrás de su inmunidad al vértigo? ¿qué se oculta tras esa confianza ciega en sus posibilidades que le permite sonreír sujeto con la yema de los dedos a una minúscula ranura a centenares de metros de altura del suelo?
Bueno, lo cierto es que lo suyo no es una ocurrencia repentina en la que se planta delante de una pared y no para de trepar hasta que llega a la cima. Muy al contrario. Primero hay que decir que ha invertido incontables horas en un rocódromo estudiando, puliendo y matizando cada uno de sus movimientos, que ahora resultan tan naturales como si se tratase de un gato paseando por las ramas de un árbol. Por otra parte, antes de iniciar ese complejo ascenso que aparece en el vídeo, durante días ha estudiado cada milímetro del sendero que lleva a la cima, lo ha recorrido amarrado por un arnés, analizando y limpiando cada una de las grietas a las que después se agarrará con la aparente innata naturalidad con que lo hace.
 Pensando en su ejemplo, cuando escucho cosas como “para que vamos a necesitar un estudio de mercado” para embarcarnos un proyecto empresarial, mejor lanzar la propuesta y ver lo que pasa (al tiempo que tomamos notas), creo que sería razonable que antes de hacerlo tuviésemos en cuenta cómo van a ser nuestros pasos mientras nos alejamos del suelo hacia el cielo.
Parece evidente que una caída de Alex no tiene vuelta atrás, pero en cierta medida, cada tiro en falso que lanzamos al aire pesa (mucho o poco) en nuestra contra, resta credibilidad (en nosotros mismos y en los demás), y nos impide pensar con calma en los detalles de nuestra propuesta, que en muchos casos, serán la diferencia entre caer o alcanzar la cima.
Reivindico en este post, ante la deriva actual de cuanto más rápido mejor, lo valioso que puede ser una actitud más reflexiva y analítica, definido en una sola palabra, una dinámica más “slow”.
Sirva este post como primero de una serie en la que pretendemos hablar sobre el valor. No referido a la actitud de Alex a la hora de enfrentar una pared, sino cómo a partir de una idea novedosa podemos ir construyendo valor a partir de pequeños pasos que poco a poco conducen hasta una meta. Puede que sin red ni arnés, pero con absoluto convencimiento y seguridad en cada uno de nuestros movimientos.

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